Publicado el: 11th May, 2008
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Lujosa y excesiva adaptación de un manga creador por Tatsuo Yoshida, posteriormente anime y que se conoció en España como “Meteoro”. La elección de los hermanos Washowsky, artífices de la saga Matrix de un proyecto de estas características es un insondable misterio, cómo también lo es que a alguien se le pueda pasar por la cabeza gastarse 200 millones de dólares en trasladar a imágenes un ánime de los 60 que nadie recuerda.Ya puestos, hubiera preferido mil veces una adaptación de los geniales “Autos Locos“. Hay que conceder que los Washowsy no han elegido el camino fácil. Filmada mayormente ante pantalla verde, Speed Racer es un derroche visual, un despliege de efectos infográficos llevados hasta el paroxismo y con una clara vocación experimental. Asistimos a un festival de “el más difícil todavía”, un carrusel interminable de color, neón y efectos visuales. El montaje y planificación de las secuencias siguen este afán de experimentación y de epatar al espectador yno están exentos de algunos curiosos hallazgos. Pero casi todo lo que Speed Racer tiene que ofrecer ya lo hemos visto en los 15 primeros minutos de película. Lástima que aún nos queden dos extenuantes horas por delante. El eje central de la película son las carreras de coches para las que vive el protagonista de la historia (Emile Hirsch, recién salido de “Hacia rutas salvajes”). Las competiciones van in crescendo en espectacularidad hasta llegar al sumum de la psicodelia en el interminable prix final hasta el punto de poder causar severos daños en la retina. El estilo “cartoon” está presente en todo momento, al igual que está presente el espíritu de la varguardista “Tron“, o de las saga “Spy Kids” de Robert Rodriguez, pero sin un ápice del espíritu ni encanto de serie B de aquellas. La emoción o empatía por los planos personajes brilla por su ausencia, las carreras pierden interés tras unos minutos, debido mayormente a que en ningún momento se nos explica cómo va el asunto. El filme no disimula en ningún momento que, pese a su enrevesada trama, va dirigida al público infantil, para los cuales sin duda esta película es golosina para sus ojos. Para el resto, un viaje de ácido en el mejor de los casos. Las interpretaciones son mediocres -John Goodman salva el tipo, Susan Sarandon apenas tiene cuatro o cinco frases en todo el metraje- y el diálogo está a la altura de éstos. Mención aparte merecen las “cómicas” intervenciones del orondo niño -y su mono-, que hace quedar al niño gordo de Parchís como un genio del humor, y por lo que a mí respecta, desbanca a Jar Jar Binks como personaje más odioso del cine.
Lo Mejor: Su vocación experimental. |
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